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Mi opinión ¿Sobrevivirá la economía de EE. UU. a la política en 2020?

Las numerosas predicciones negativas para 2019 no llegaron a materializarse, pero ¿podemos ser más optimistas con respecto al año 2020? Sonal Desai, directora de inversión de Franklin Templeton Fixed Income, extrae las conclusiones clave sobre el año pasado y describe cuáles son sus previsiones para el año que viene y sus principales preocupaciones, entre las que destaca la incertidumbre política.

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Nuevo año, nueva década: empezamos con fuerza. Tengo ciertas preocupaciones con respecto al año 2020 y algunas ideas sobre cómo hacer que este sea un año próspero desde el punto de vista de la inversión, que acabo de compartir en la Mesa redonda de Barron’s de 2020 en Nueva York. No obstante, antes de indagar en este tema, me gustaría profundizar en las conclusiones de 2019 y las tendencias subyacentes que nos conducen hasta el nuevo año.

Ninguna de las predicciones pesimistas se materializó en 2019. Las tensiones comerciales no se convirtieron en descontroladas guerras comerciales; los nuevos aranceles afectaron a ciertas empresas y ciertos sectores, pero no tuvieron una repercusión importante a nivel macroeconómico. La expansión económica de EE. UU. no se paralizó, sino que siguió avanzando hasta convertirse en la más larga de la historia, junto con la tasa de desempleo más baja de los últimos 50 años. La economía china no se estancó, simplemente se ralentizó hasta una tasa de crecimiento del producto interior bruto (PIB) del 6 %, que sigue siendo saludable.

Fue un buen año para los mercados de valores estadounidenses (aunque obtuvieron una gran ayuda por parte de la Reserva Federal [Fed]). El S&P 500 Index alcanzó aproximadamente el 30 % y el NASDAQ, más del 35 % (la mayor rentabilidad en seis años para ambos índices) y el Dow Jones Industrial Average aumentó un 22 %1. 

¿Un muro de preocupaciones?

En mi opinión, la conclusión es que el año pasado muchas personas de los medios de comunicación y los mercados se preocuparon demasiado por los aspectos equivocados. Esto es lo que pienso que deberíamos esperar (y en algunos casos nos debería preocupar) en 2020:

Creo que la política estadounidense será la causa principal de volatilidad a medida que nos acercamos a las elecciones presidenciales de 2020, que se celebrarán en noviembre. Algunos de los principales contendientes democráticos cuentan con plataformas normativas que recuerdan a aquellas que existían durante la presidencia de Obama, mientras que otras ofrecen propuestas que alterarían significativamente el entorno empresarial con una repercusión probablemente muy negativa en el crecimiento y en los mercados.

A pesar de la división del Congreso, una nueva administración podría promulgar cambios normativos significativos a través de una orden ejecutiva, al igual que lo ha hecho la administración actual. Creo que se ha subestimado seriamente el grado en que las medidas de liberalización de los últimos tres años han respaldado el crecimiento económico, y estamos subestimando igualmente la repercusión negativa que podría tener un rápido resurgimiento de las normativas.

Por otro lado, es muy probable que un segundo mandato del presidente estadounidense Donald Trump implique una continuación de la irregular política de tuits, la cual ya ha demostrado ser perturbadora en lo que respecta a la volatilidad del mercado y la incertidumbre de la inversión empresarial. A medida que se acercan las elecciones de noviembre, creo que la incertidumbre sobre el transcurso de la futura política económica ejercerá una mayor influencia en los mercados.

Independientemente de quién gane, es probable que la deuda y el gasto públicos de EE. UU. sigan creciendo, lo que haría que las valoraciones del Tesoro estadounidense parezcan aún más estiradas.

Los mercados y la Fed: un tira y afloja

Es probable que se reanude el tira y afloja entre los mercados y la Fed. En 2019, cuando los mercados ejercieron presión, la Fed huyó. Los valores alcanzaron aproximadamente el 30 % en un año en el que, en general, las ganancias empresariales se mantuvieron estables, y en el que los recortes de los tipos de interés de la Fed desempeñaron un papel decisivo. Esta situación no puede ser cómoda para un banco central.

Creo que en 2020 la Fed intentará permanecer en ese punto y mantener los tipos a corto plazo anclados en los niveles actuales. Esto supondrá demasiada flexibilidad para lo que espero que sea otro año de crecimiento saludable del PIB real de EE.UU., en torno al 2,5-2,75 %. Sin embargo, la Fed puede aportar una protección adicional gracias a la revisión continua de su estrategia de política monetaria, la cual probablemente favorezca algún tipo de objetivo de tasa de inflación media, lo que implicaría una mayor tolerancia durante un período de inflación por encima del objetivo.

Además, creo que la inflación subirá por encima del objetivo del 2 %: la cuestión es cuánto. El ajustado mercado laboral de EE. UU. ha empezado a impulsar una visible aceleración en los costes laborales de las empresas. El porcentaje de pequeñas empresas que declaran que los costes laborales son su mayor problema es mucho más alto que en cualquier otro momento de los últimos 40 años.

Incluso un aumento moderado de la inflación del consumo, si es lo suficientemente rápido, podría inquietar a los inversores y hacer subir los tipos a largo plazo más de lo que los mercados esperan. La idea de que la inflación ya no supone una preocupación, ampliamente aceptada por los responsables políticos y los analistas, es una suposición peligrosa.

Los cambios tecnológicos y la globalización han tenido una repercusión desinflacionista en los bienes y servicios, pero no existe ninguna garantía de que esto vaya a durar para siempre. Por otra parte, la flexible política monetaria ha impulsado la inflación de los precios de los activos, lo que confirma que la liquidez acaba causando inflación en algún punto.

La creencia aceptada actualmente sostiene que estamos ante un «estancamiento secular», que el crecimiento en las economías avanzadas será eternamente lento porque la frágil demanda agregada debilitará la inversión y los rendimientos de los bonos para siempre. Concluye que necesitamos una política monetaria eternamente flexible y un mayor gasto público, y que estas políticas no conllevan ningún riesgo, dado que la inflación ha desaparecido y la deuda no supone ningún gasto.

El período de estabilidad macroeconómica que comenzó a mediados de la década de los 80, conocido como la «Gran Moderación» solía gozar de la misma aceptación incondicional, hasta que llegó un momento en que no lo hizo. La economía no ha encontrado todavía una explicación convincente de por qué la inflación sigue siendo tenue a pesar de la solidez del mercado laboral. Creo que es imprudente confiar plenamente en algo que no comprendemos del todo.

Por eso, me inquieta este despreocupado impulso hacia una política monetaria y fiscal más flexible, desde los principales economistas como Larry Summers, que nos insta a dejar de preocuparnos y a apreciar la deuda, hasta el pensamiento mágico de la MMT (teoría monetaria moderna) que establece que «no existe ningún límite presupuestario». Estamos sembrando las semillas de la inestabilidad financiera que se desencadenará ante los primeros indicios de que el estancamiento secular no es tan secular después de todo, sino simplemente otra fase transitoria.

Además, creo que el debate sobre las perspectivas de crecimiento ha descartado de la ecuación con demasiada rapidez la parte de la oferta: dado que el crecimiento de la productividad ha sido lento durante la última década, muchos economistas han asumido que siempre será lento, y se han centrado en buscar la forma de impulsar la demanda agregada. De esta forma, se subestima el potencial de las innovaciones digitales que se abren camino en todos los sectores de la economía, desde las finanzas hasta la fabricación.

Creo que esta es una actitud esquizofrénica e impaciente.

Por un lado, nos angustiamos por la perturbación en nuestros propios sectores, y debatimos cómo gestionar la inminente automatización de la mayoría de los trabajos. Por otro lado, asumimos que no habrá una repercusión positiva en la productividad y el crecimiento porque aún no la hemos observado. No obstante, poner en marcha estas nuevas tecnologías lleva tiempo. Se necesitan nuevas competencias, cambios organizativos y nuevas formas de dirigir y gestionar el negocio. Esto ocurre en el sector financiero y, más frecuentemente, en el sector industrial. Se necesita tiempo, pero ya está ocurriendo.

El economista ganador de un premio Nobel, Robert Solow, manifestó en 1987 que «es posible ver reflejada la revolución informática en todas partes, excepto en las estadísticas de la productividad»; unos años más tarde, el crecimiento de la productividad se duplicó, una lección importante que debemos tener en cuenta hoy en día, ya que otros economistas comparan las altas expectativas de la inteligencia artificial y la robótica con el lento crecimiento de la productividad y concluyen que las nuevas innovaciones no tienen poder para impulsar el crecimiento. Las expectativas de adaptación son un sesgo peligroso.

Los temores ante una guerra comercial son exagerados, pero siguen provocando agitación

Las tensiones comerciales han llegado para quedarse. La primera fase del acuerdo de diciembre entre China y Estados Unidos confirmó que los temores ante una guerra comercial eran exagerados, pero no tomemos esto como el motivo principal para ser optimistas. El enfoque del presidente Trump con respecto a la política comercial basado en 140 caracteres ha sido muy perturbador, pero, independientemente de cómo se desarrollen las elecciones del próximo año, el entorno comercial mundial ha cambiado de manera estructural.

La competición económica y estratégica entre Estados Unidos y China se intensificará únicamente si China sigue invirtiendo en tecnologías avanzadas; el cambio mundial hacia un mayor nacionalismo también será duradero. Creo que esta situación no causará guerras comerciales ni una recesión a nivel mundial. No obstante, desde el punto de vista de la inversión, creo que seguirá afectando a empresas y sectores específicos, y continuará cambiando la competitividad y el atractivo de distintos países.

Perspectivas para 2020

En general, no preveo cambios drásticos en la coyuntura macroeconómica en 2020; en todo caso, creo que la opinión general es demasiado pesimista. Creo que el crecimiento mundial se mantendrá estable, con un crecimiento del PIB de entre el 2,5 y el 2,75 % en Estados Unidos, un 1 % en la zona euro y en torno al 6 % en China2. 

Nos enfrentaremos de nuevo a una volatilidad considerable causada por varios motivos, entre los que se encuentran la incertidumbre política, la geopolítica y el instinto de los medios de comunicación de exagerar casi todos los riesgos que se vislumbran en el futuro.

¿Cómo deberían afrontar los inversores el año 2020? En la segunda parte de la Mesa redonda Barron’s de 2020, que se publicará este próximo sábado (18 de enero de 2020), profundizo en las implicaciones de la inversión de este complejo entorno y aporto mis principales recomendaciones, así que deben estar atentos.

Mientras tanto, quiero desearles a todos un próspero 2020, un año que sin duda promete ser ajetreado e interesante.

 

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¿Cuáles son los riesgos?

Todas las inversiones conllevan riesgo, incluida la posible pérdida de capital. El valor de las inversiones puede tanto subir como bajar y los inversores podrían no recuperar todo el capital invertido. Los precios de los bonos generalmente varían en sentido opuesto a los tipos de interés. Por lo tanto, la cartera puede verse depreciada durante el proceso en que los bonos mantenidos en ella ajustan sus precios al aumento de los tipos de interés. Las variaciones de la solvencia financiera del emisor de un bono o de su calificación crediticia pueden afectar a su valor. Las inversiones en valores de títulos extranjeros conllevan riesgos especiales, como las fluctuaciones cambiarias, la inestabilidad económica y los acontecimientos políticos adversos. Las inversiones en países de mercados emergentes acarrean mayores riesgos relacionados con los mismos factores, además de otros asociados con el menor tamaño de estos mercados, la menor liquidez y la falta de marcos jurídicos, políticos, empresariales y sociales establecidos para respaldar los mercados de valores. Tales inversiones podrían experimentar una volatilidad de precios significativa en un año determinado. El alto rendimiento refleja el mayor riesgo crediticio asociado a estos valores de calificación inferior y, en algunos casos, los menores precios de mercado de estos instrumentos. Los movimientos de los tipos de interés pueden afectar al precio de la acción y a su rendimiento. Los precios de las acciones fluctúan, a veces rápida y dramáticamente, debido a factores que afectan a empresas individuales, industrias o sectores particulares, o a las condiciones generales del mercado. Los bonos del Tesoro, si se mantienen hasta su vencimiento, ofrecen una tasa de rendimiento fija y un valor del principal fijo; sus pagos de intereses y capital están garantizados.

 

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