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Renta fija

¿Cuál será la reacción de los bancos centrales ante el nuevo coronavirus?

El brote de coronavirus plantea numerosas cuestiones para los inversores en renta fija, por ejemplo, si la volatilidad actual de los mercados globales constituye una reacción excesiva, cómo se verá afectado el crecimiento económico mundial y durante cuánto tiempo. En este contexto, John Beck, director de renta fija de Franklin Templeton, Londres, opina acerca de cómo cree que responderán los bancos centrales de todo el mundo ante el brote y cuáles serán las posibles repercusiones para los mercados de renta fija.

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Ya se están haciendo patentes los efectos del coronavirus (COVID-19) en los mercados con cambios bruscos en los precios de los activos: bajadas pronunciadas en los activos de mayor riesgo, como los mercados de renta variable y determinados segmentos de los universos de los bonos de alto rendimiento y empresariales, pero también rápidas subidas en los activos libres de riesgo tradicionales, a medida que se desploman los rendimientos del Tesoro estadounidense, la deuda pública británica y los bonos alemanes. En el caso de los valores del Tesoro de EE. UU., los rendimientos han caído, quizás de manera sorprendente, a mínimos históricos y el Tesoro estadounidense a 10 años presenta un rendimiento inferior al 1,20 % en la fecha de publicación de este documento, descontando como mínimo dos nuevos recortes de los tipos de interés por parte de la Reserva Federal (Fed).

La pregunta en cuestión es si esta volatilidad constituye una reacción desmesurada de los mercados financieros a lo que podría ser una infección vírica respiratoria no diagnosticada hasta ahora que, si bien es grave, presenta características similares a las de brotes anteriores.

Pese a que la Organización Mundial de la Salud (OMS) todavía no ha declarado el brote como «pandemia», los efectos económicos ya se están extendiendo y se desvanece la esperanza de que, en términos médicos, pueda contenerse la incidencia del nuevo coronavirus únicamente a las zonas cercanas al brote, dado que ya se están diagnosticando casos de COVID-19 en muchos continentes alejados del epicentro de la enfermedad. Según los datos estadísticos a los que tanto se ha apuntado, la Antártida es el único continente que se librará del coronavirus, donde los resultados económicos, desde un punto de vista realista, tienen un efecto mínimo en el producto interior bruto (PIB) mundial. Por consiguiente, prácticamente no cabe duda de que habrá que sumar las pérdidas económicas a las preocupaciones relacionadas con la salud que muchos albergan.

Datos conocidos: la COVID-19 sigue un patrón similar al del síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS), registrado en Arabia Saudí en 2012, y al del síndrome respiratorio agudo grave (SARS), detectado por primera vez en 2003. Las tasas de mortalidad, aunque resultan preocupantes, no son significativamente mayores que las de otros tipos de enfermedades respiratorias invernales, con una vulnerabilidad especial entre las personas que ya padecen alguna afección médica o respiratoria anterior.

Es cierto que, en estos momentos, los diagnósticos de casos nuevos fuera de las zonas centrales de la infección son mayores que en las zonas iniciales de cuarentena, pero esto no implica necesariamente un agravamiento de los efectos.  Como inversores, nos hemos convertido de pronto en epidemiólogo aficionados, aunque incluso los epidemiólogos profesionales y cualificados a nivel médico son incapaces de describir con determinado grado de certeza cómo podría evolucionar la enfermedad.

En términos económicos, la repercusión en China podría compararse con lo que sucedería al cancelar la Navidad.  La comparación se aplica a la provincia china de Hubei y a muchas otras zonas de Asia, tanto Asia sudoriental como Asia nororiental, donde el brote se produjo justo alrededor del Año Nuevo chino, considerado por muchos como la migración anual de personas más grande, ya que, en circunstancias normales, las familias se visitan unas a otras para celebrar la festividad. El Año de la Rata no será recordado con especial cariño.

La gran pregunta es si la indudable repercusión económica para el crecimiento del primer trimestre en China continuará como una pérdida total de crecimiento o si, suponiendo de manera positiva que no empeorará el diagnóstico, se producirá un repunte del crecimiento en los trimestres siguientes.

La dependencia de China de las cadenas de suministro de muchas economías apunta a que habrá pérdidas de producción que darán lugar no solo a un pronunciado descenso de la tasa de crecimiento del PIB chino en el primer trimestre (que, según las previsiones, seguirá siendo positiva), sino también a una ralentización de la tasa de crecimiento en muchas economías vinculadas a la cadena de suministro china. Es probable que las celebraciones aplazadas del Año Nuevo chino se pospongan de manera permanente y parece poco probable que una celebración similar el próximo año conlleve una duplicación del consumo de alimentos. Los vuelos y hoteles vacíos no aplicarán una subida de los precios para fomentar la mayor ocupación.

Sin embargo, la debilidad de las cadenas de suministro, ya patente debido a la dependencia de China, puede dar lugar a intentos de encontrar fuentes alternativas para esas piezas, ya sea a nivel internacional o nacional, y parece difícil dar por sentado que esta perturbación no vaya a provocar un aumento del coste (inflacionario).

La pregunta es: ¿cómo responderán los bancos centrales? Los mercados ya han realizado movimientos a modo de respuesta; y lo más interesante es que no lo han hecho inmediatamente en la dirección que cabría esperar en vista de los vínculos directos con China y los riesgos asociados al nuevo coronavirus.

Las mayores caídas del rendimiento de la deuda soberana se han producido en el mercado del Tesoro estadounidense y las menores, en Japón, un país que, desde el punto de vista geográfico, se encuentra mucho más cerca del epicentro, donde el presidente Shinzo Abe ha anunciado el cierre de las escuelas y donde las autoridades albergan preocupaciones respecto a los Juegos Olímpicos de Tokio 2020.

Arabia Saudí ha anunciado que no permitirá a los peregrinos extranjeros visitar la ciudad sagrada de La Meca, aunque todavía es pronto para decir si el Hach de julio se verá igualmente afectado.

En términos más prosaicos, se aplazó el partido de rugby del 6 de marzo entre Irlanda e Italia (actualmente el país europeo más afectado por un brote de COVID-19).  Sin embargo, podemos estar seguros de que, suponiendo que la fecha del partido se fije para finales de marzo, se consumirán tantas pintas de Guinness ese día como se habrían consumido en la fecha original, un claro ejemplo en el que el consumo simplemente se aplaza. No obstante, en muchos otros ámbitos, el PIB se perderá de forma irrevocable.


En cuanto a los bancos centrales, consideramos que, como en el juramento hipocrático de la profesión médica, lo primero será «no hacer daño». A nuestro juicio, en respuesta al coronavirus, los bancos centrales se abstendrán de adoptar medidas a corto plazo que puedan ralentizar el crecimiento y perjudicar a los mercados. De manera marginal, es posible que haya recortes «como seguro» de los tipos oficiales, pero se podría argumentar que muchos bancos centrales ya estaban predispuestos hacia esa dirección.

Respecto a la posible pregunta de si el aumento de los costes de las nuevas cadenas de suministro causará un leve incremento de los precios, la gobernadora de la Reserva Federal Lael Brainard, aunque es conocida por su postura conciliadora, ya ha expresado claramente su opinión acerca de cómo debería reaccionar la Fed: según afirma, se le debería permitir a la Fed avivar la inflación (por encima del objetivo normal) para compensar los períodos previos en los que no se alcanzó el objetivo de inflación. En caso de que el efecto en el PIB mundial sea en realidad más grave de lo que se espera en estos momentos, parece garantizada la continuación de la laxitud por parte de los bancos centrales mundiales.

Nos hemos acostumbrado a los niveles bajos durante períodos más prolongados. Por lo general, nuestras estrategias multi-sector y global aggregate han dado preferencia a la exposición de menor duración en los mercados libres de riesgo, los cuales, en nuestra opinión, han reaccionado de manera exagerada como mercados predilectos por defecto en los períodos complicados. No obstante, resulta interesante comprobar que las posiciones proxy actuaron correctamente a la hora de equilibrar las rentabilidades en los momentos en los que persistió la agitación en los mercados. Quizás nuestra postura negativa con respecto al riesgo de los tipos de interés de EE. UU. sea bastante conocida; en cambio, menos conocida ha sido nuestra perspectiva favorable hacia las posiciones proxy en bonos del Estado australianos (cobertura del riesgo de cambio), que sirvieron de sólido contrapeso frente a la ralentización económica en Asia. Sin embargo, con la cobertura del riesgo de cambio, nos beneficiamos del repunte de los bonos sin arriesgarnos a sufrir pérdidas derivadas de la volatilidad actual. Huelga decir que, en Europa, los bonos italianos ofrecieron un desempeño inferior al de los bonos alemanes debido a los últimos acontecimientos. No obstante, poseer posiciones en ambos brinda a los inversores la flexibilidad de reducir unas (Alemania) y ampliar las otras (Italia) en caso de que se produzca algún trastorno en los mercados.

La situación continúa evolucionando y estamos atentos a los cambios a medida que se producen. Estamos preparados para actuar en caso de que las condiciones varíen de forma sustancial. Bajo nuestro punto de vista, esta última perturbación de los mercados es un nuevo ejemplo de por qué la gestión activa y la capacidad de ser ágiles resultan esenciales en entornos de mercado como este.

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